Como parte de la iniciativa Voces Construyendo País, Fe y Alegría del Perú, el Instituto Bartolomé de Las Casas (IBC) y el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), organizaron el conversatorio “Jóvenes y Educación: Desafíos para el trabajo digno”. Este evento, realizado el 22 de julio, reunió a estudiantes, padres de familia y especialistas para conversar sobre las barreras que enfrenta la juventud peruana al transitar desde la secundaria hacia la educación superior y el mundo del trabajo.
El diálogo, que tuvo como escenario a la sede del Instituto Superior Fe y Alegría 75 de San Juan de Miraflores, abordó temas como la educación superior tecnológica, la informalidad laboral, la desigualdad de oportunidades y los desafíos que plantea la inteligencia artificial para el empleo juvenil. En la introducción, Rolando Ames, miembro del IBC, compartió la intención de Voces Construyendo País de favorecer el intercambio entre academia y liderazgo social, para visibilizar problemáticas reales en la vida de la ciudadanía y alternativas de solución desde la organización social.
¿Qué revelan las voces jóvenes?
Bryan Villón, asistente de investigación del IEP, presentó los resultados de dos grupos focales realizados con 10 jóvenes y 11 madres y padres de familia vinculados a la educación superior tecnológica. Los testimonios mostraron que la gratuidad de la formación pública es una condición decisiva para que muchos estudiantes continúen su formación.
El estudio identificó 3 razones frecuentes para elegir una carrera técnica: la posibilidad de estudiar sin pagar mensualidades, la necesidad de certificar conocimientos ya adquiridos en el trabajo y el interés por usar la formación como paso previo hacia otros estudios. Los participantes también valoraron el acompañamiento docente y el aprendizaje de habilidades técnicas y comunicativas.
Sin embargo, los grupos focales evidenciaron obstáculos persistentes. Muchos jóvenes estudian y trabajan a la vez, enfrentan jornadas extensas, bajos salarios, falta de experiencia laboral y condiciones de empleo que pueden rozar la explotación. Para ellos, el trabajo digno no se reduce al ingreso: incluye seguridad, respeto, contratos claros y oportunidades para seguir aprendiendo.
¿Por qué la transición es desigual?
Ricardo Cuenca, investigador del IEP y exministro de Educación, planteó que las transiciones posteriores a la secundaria son cada vez más fragmentadas. Explicó que el paso hacia la educación superior y el trabajo no depende solo de la decisión individual. También intervienen factores académicos, familiares, económicos, sociales y territoriales.
Cuenca señaló que el acceso a la secundaria ha crecido durante los últimos 25 años, aunque no todos logran culminarla. Además, indicó que alrededor de 3 de cada 10 jóvenes que terminan el colegio continúan estudios superiores, mientras el resto trabaja, posterga sus estudios o enfrenta trayectorias discontinuas.
El investigador remarcó que la educación técnica no debe considerarse una alternativa de menor valor. Explicó que puede ofrecer retornos importantes, especialmente cuando sus programas dialogan con las actividades productivas y las demandas reales de empleo de cada territorio.
El análisis coincide con la preocupación expresada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre la transición de los jóvenes hacia empleos productivos y con derechos. La OIT sostiene que las trayectorias laborales juveniles requieren políticas que integren educación, formación, intermediación laboral y protección social.



¿Qué dijeron los participantes?
El panel incorporó voces que dieron rostro a las estadísticas. Miguel Ángel Huaccha Rodríguez, estudiante de Administración de Obras Civiles de Fe y Alegría 75, compartió su experiencia como joven que trabajó desde los 14 años y que retomó sus estudios tras 11 años.
Huaccha cuestionó que la resiliencia sea presentada como una solución suficiente. “Trabajar desde la adolescencia, postergar reiteradamente los estudios, esperar muchos años para acceder a una carrera profesional, no debería considerarse un camino normal”, sostuvo durante su intervención.
También preguntó cómo puede el Estado diseñar una política educativa que reconozca al “estudiante real”, aquel que estudia, trabaja y sostiene responsabilidades familiares. Su planteamiento puso en primer plano la necesidad de programas flexibles, apoyos económicos y prácticas que no agraven la precariedad.
Por otro lado, Kristhel Alejandro Zamora, madre de familia y participante del panel, planteó la necesidad de reconocer la formación técnica como una ruta profesional válida. Señaló que los estudiantes de institutos requieren condiciones de igualdad para competir en el mercado laboral y acceder a empleos con remuneraciones justas.
Las preguntas del público reforzaron esa preocupación. Una de las intervenciones cuestionó cómo puede un joven acumular experiencia cuando las empresas le exigen experiencia incluso para una primera práctica. Otra persona preguntó qué responsabilidad tiene el Estado frente a quienes trabajan sin contrato, vacaciones ni beneficios laborales.
¿Qué propuestas surgieron?
Ava Alencastre, del equipo pedagógico de Fe y Alegría, destacó que la educación pública gratuita es indispensable para ampliar oportunidades. Señaló que los jóvenes no buscan empleo “a cualquier costo”, sino espacios donde reciban un trato respetuoso, puedan aprender y ejerzan sus derechos.
Alencastre propuso que las políticas públicas partan de las condiciones concretas de las juventudes. Esto implica reconocer que muchas personas estudian, trabajan y aportan a la economía de sus hogares. También cuestionó que se traslade a la educación toda la responsabilidad por el empleo, dejando de lado el rol estatal en la generación de oportunidades laborales.
Efraín Gonzales de Olarte, economista e investigador del IEP, alertó sobre los cambios que la inteligencia artificial traerá al empleo. Propuso convertirla en una herramienta para el autoempleo y el emprendimiento formal, no en una tecnología que reemplace la capacidad de pensar.
El economista planteó fortalecer la alfabetización en inteligencia artificial, las habilidades digitales y la formación práctica. Asimismo, subrayó que la educación debe potenciar capacidades humanas que no son reemplazables, como el pensamiento crítico, la creatividad, el trabajo en equipo, la adaptabilidad y el liderazgo.
Gonzales de Olarte señaló también que la UNESCO ha advertido que la inteligencia artificial exige una formación centrada en competencias digitales, pensamiento crítico y uso ético de la tecnología. Estas capacidades son relevantes para que la innovación contribuya a reducir, y no ampliar, las desigualdades educativas.
¿Qué compromiso deja el diálogo?
En la síntesis final, Ricardo Cuenca sostuvo que la educación debe recuperar una mirada de largo plazo. Recordó que la formación no debería limitarse a preparar para una tarea inmediata, sino aportar a la construcción de sociedades más justas, pacíficas y democráticas.
El P. Ernesto Cavassa SJ, director nacional de Fe y Alegría del Perú, cerró el encuentro con una reflexión sobre los retos humanos y éticos que atraviesan la educación y el trabajo. Señaló que los problemas descritos exceden a una sola institución y demandan respuestas colectivas. Asimismo, resaltó el reto que significa la emergencia de la Inteligencia Artificial en la sociedad actual y destacó el valor de la reciente encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, como reflexión crítica sobre la relación entre Inteligencia Artificial y dignidad humana.
El conversatorio dejó una idea central: las trayectorias juveniles no pueden explicarse solo por el esfuerzo individual. El acceso a un trabajo digno requiere educación pública de calidad, mejores vínculos entre formación y empleo, protección laboral, políticas inclusivas y una ciudadanía capaz de exigir derechos.



(Con información de Signos Media)