Hace más de 500 años, el 1 de setiembre de 1523, Ignacio de Loyola realizó una peregrinación a Tierra Santa. Su ferviente deseo era vivir y trabajar allí como un simple servidor de Dios hasta su muerte. Sin embargo, con la guerra acechando en la región, se vio obligado a regresar a Europa, donde fundaría lo que se convertiría en la Compañía de Jesús. Aunque nunca volvería a pisar Tierra Santa, el fuego de su deseo de servir seguiría ardiendo durante el resto de su vida. No debería sorprender entonces, que durante décadas la Compañía de Jesús haya enviado a un pequeño pero dedicado grupo de jesuitas a trabajar en Tierra Santa. Fue de estos jesuitas, de sus colaboradores, y de sus ministerios de quienes el P. Arturo Sosa SJ, Superior General de la Compañía de Jesús, quiso aprender durante su visita a Tierra Santa.

Las primeras voces que escuchó el Padre General fueron las de los hermanos de La Salle de la Universidad de Belén donde enseñan tres jesuitas. Esta universidad atiende a más de 3.300 estudiantes, todos palestinos, de los cuales el 50% vive en Jerusalén, y el 20% son cristianos. Ha sido un momento comprensiblemente difícil para la universidad y su comunidad, con los temores del presente amenazando con descarrilar la misión educativa de la universidad para el futuro.

El vicerrector, H. Hernán Santos González FSC, el vicepresidente de Promoción, H. Jack Curran FSC, y el vicepresidente de Recursos Humanos, H. Peter John Iorlano FSC, se reunieron con el P. Sosa y su delegación, y mantuvieron una conversación sincera sobre la situación de la Universidad tras dos años de conflicto abierto. Aunque la matriculación se mantiene estable, cada vez es más difícil para los estudiantes, el profesorado y el personal sortear los diversos controles y medidas de seguridad que se han establecido desde el inicio de la guerra. Los controles pueden convertir un trayecto diario de 30 minutos en un viaje de ida y vuelta de 5 horas, si es que se puede llegar al campus.

Incluso en medio de estos retos, la Universidad ha avanzado en la promoción de su misión, no solo en el campus, sino también en los valores inculcados a sus estudiantes mediante un plan de estudios que integra las habilidades profesionales con la formación social y ética. El hermano Jack compartió la historia de una estudiante que completó su programa de medicina y actualmente está cursando una especialidad en oncología mientras vive en una tienda de campaña y trabaja en un hospital bombardeado en Gaza. Esa historia resuena entre los antiguos alumnos de la Universidad de Belén: es la prueba de que la universidad no solo imparte conocimientos y experiencia, sino también pasión por la misión.

Al final de la reunión, los Hermanos compartieron otra historia que pone de relieve la urgencia de la labor. Durante lo peor de la guerra, la Universidad pidió ayuda para los palestinos de Gaza. Lo que pedían no era comida, ni ropa, ni refugio, lo que más necesitaban de la Universidad de Belén era educación. Reconocieron que la educación, el tipo de educación que ofrece, es el futuro de su pueblo.

Conmovido por la conversación, el Padre General preguntó a los Hermanos qué podía hacer la Compañía de Jesús para ayudar en esa misión. En respuesta, el Hermano Jack respondió sin rodeos: “Envíennos más jesuitas”. Dado que la Universidad de Belén es uno de los únicos contactos ministeriales directos que la Compañía de Jesús tiene con el pueblo palestino, no es una sugerencia que deba tomarse a la ligera.

Hace 500 años, al hombre que se convertiría en San Ignacio de Loyola se le negó su deseo más profundo de vivir y trabajar en Tierra Santa para la Mayor Gloria de Dios. Con ministerios como la Universidad de Belén, tal vez ese deseo pueda ser cada vez más cumplido por las futuras generaciones de jesuitas.