En diciembre, estudiantes de Primeros Estudios de Lima (conformado por jesuitas de las Provincias de Perú, Ecuador y Bolivia) y dos estudiantes de Primeros Estudios de Brasil compartieron una experiencia en la ciudad de Lima (Perú). El objetivo fue, en primer lugar, la aproximación entre las dos comunidades formativas, y, en segundo, una misión conjunta y compartida.
Alef Braga Pinto SJ, uno de los estudiantes de Brasil nos comparte una crónica sobre este momento que vivió junto al Hno. Luciano Sabedot SJ:
En estos últimos días, estando en el noviciado Nuestra Señora de la Gracia, para colaborar en la preparación de los votos de los compañeros jesuitas, escuché algo que podría describir la experiencia que viví en Lima, del 2 al 25 de diciembre del 2025. Dijo el ayudante del maestro de novicios: “no estamos en tiempo de celebrar los frutos, mas de celebrar el crecimiento de las raíces”.
El carisma, una lengua común
El Hno. Luciano y yo fuimos invitados a una experiencia de misión de Navidad junto con los jesuitas estudiantes de filosofía, en Lima. Con el objetivo de promover un intercambio de jesuitas que estamos en esa etapa de formación, la misión contó con momentos de convivencia y conversación, además del trabajo cotidiano y misionero.
Ser extranjero, experimentando cierta inseguridad en relación con la lengua, fue la puerta de entrada para la misión. Por eso Ignacio, en los Ejercicios Espirituales, tenía mucha razón al afirmar que “el amor es comunicación entre ambas partes”. Este principio espiritual se hizo real cuando, en la convivencia con los otros compañeros, descubrí que la inseguridad de la lengua no interfiere con la comunicación entre quienes tienen un horizonte común.
Ese horizonte era la vocación recibida, de parte de Dios, para servirlo a través de la Compañía de Jesús. Así, la vocación de ser jesuita se convirtió en nuestra lengua común, como un hilo en la aguja, en las conversaciones, en las carcajadas, las mociones, nuestras experiencias comunes. Así fue como me fui sintiendo acogido, encontrando caminos de encarnación en la realidad, en la cultura, en el modo de ser jesuita en ese lugar del planeta. Las experiencias del noviciado, los desafíos y alegrías durante el proceso formativo, las historias familiares, todo eso ha construido un ambiente familiar, una comunidad.

En este intercambio también pude percibir el peligro de limitar el horizonte vocacional para el Magis a solo una comunidad o una provincia. Aprendí que somos parte de una comunidad mayor y que, al profesar votos, me integro a un cuerpo apostólico llamado Compañía de Jesús, repartido por todo el mundo. Por ejemplo, durante la visita a la comunidad de la enfermería, me sentí perteneciente a algo más grande, no solo de forma institucional, sino percibiendo que el carisma es un río grande que transporta personas, situaciones, experiencias, deseos y causas comunes. Compañeros que dieron sus vidas, energías, dones y limitaciones, en colegios, parroquias, realizando trabajos humildes o de grandes dimensiones, supe que todos los ahí presentes, hablamos y escuchamos una lengua común, la lengua del carisma que Dios nos concedió.
Colaborar con Dios que actúa en el mundo
Otra puerta para la misión fue la experiencia en Villa el Salvador, en la periferia de Lima. Junto con los compañeros Diego, de Ecuador, y Sebastián, de Perú, colaboré en la casa hogar Corazón de Jesús, la cual acoge a niñas en situación de vulnerabilidad social y es administrada por las hermanas Corazonistas. La casa se mantiene con donaciones y, justamente, esa experiencia de esperar y recibir donaciones me ayudó a percibir a Dios actuando, Él trabajando en el mundo concreto de personas que tienen necesidad.

Un día había poca leche en la casa, y la hermana Inés comenzó a contar algunos momentos en que necesitaba de ayuda, económica o material. Eran historias marcadas por la confianza en un Dios que no abandona. Ese mismo día llegó un pequeño camión con donaciones, y entre ellas bastante leche que hasta tuvimos que compartir con otras personas. Esas experiencias me han ayudado a confiar más en Dios y a creer en la humanidad, reconociendo que hay muchos corazones y manos movidas por Dios.
Unos días después participamos en una convivencia con trabajadores y voluntarios de la casa hogar. Todos estábamos en la mesa, venidos de tantos lugares y con muchas historias de vida. Sentí una gran consolación, y recordé el Salmo 23 (24), y repetía internamente – con las palabras del Padre Zezinho, sacerdote brasileño y cantante- “Mi pastor eres tú, Señor. No reclamo de esta vida, me cuidas muy bien”. Así fui comprendiendo que el lugar de la colaboración es estar en medio de, juntos, para buscar y hallar, incluso con tropiezos, la voluntad de Dios, colaborando con Él en este gran movimiento de amor que es la historia de salvación.
Entre ceviche, cumbia, nacimientos, papa a la huancaína, el Servicio Jesuita a Refugiados, risas y conversaciones con los compañeros, entre todo eso, la misión de Navidad en Lima me concedió tres gracias, que así reconozco: de ser acogido; de pertenencia a algo mayor; y de la pobreza que reconoce a Dios en todo. Siento que esa experiencia fue un gran momento de celebrar las raíces, o mejor dicho, de fortalecerlas. Hoy, al recordar la experiencia de Lima, me siento como el villancico de “el niño del tambor” que dice: “Cuando Dios me vio tocando ante él, me sonrió”.
(Con información de la CPAL)