Reproducimos el artículo del P. Miguel Cruzado SJ, Provincial del Perú, sobre el “Decreto cuarto” de la Congregación General 32 de la Compañía de Jesús, histórico decreto que definió la misión de los jesuitas como orientada al “servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta”. El artículo aparece en el último número de la revista electrónica Promotio Iustitiae: “Decreto 4 (1975), fe y justicia: preparando su 40 aniversario”. Puede consultar la revista siguiendo este enlace >>

 

El decreto cuarto ha cambiado el rostro de la Compañía, los temas y el espíritu con que lo vivimos nos llevó a nuevas presencias, otras modalidades de misión y servicio; todo ello cambió, incluso, la manera en que los jesuitas somos reconocidos en casi toda América Latina. Los jesuitas del Perú diversificamos nuestras presencias y nos acercamos a muchos más mundos populares –nuevas comunidades y obras en zonas alejadas de los centros urbanos o de poder–. Incorporamos nuevos temas a nuestras reflexiones de siempre: educadores como siempre, ahora también educadores populares; formando líderes para el desarrollo, entonces también para nuevas formas de gestión económica –como cooperativas, comunidades campesinas o pequeñas empresas–. Nuestra reflexión teológica profundizó en la perspectiva del pobre y dialogó mucho más con la antropología y otras ciencias sociales. Nos comprometimos directamente con las organizaciones populares –campesinas, barriales, obreras– y sus luchas por justicia y dignidad. Nuestras casas de formación se insertaron en la vida de la gente; las experiencias y contenidos de ella también se enriquecieron en la perspectiva de una Compañía más presente en la vida de la comunidad y preocupada por la “promoción cristiana de una justicia integral”.

Hoy reconocemos agradecidos todo lo que el Señor nos regaló durante estos años y que sigue hoy definiendo nuestra vida. Ello no nos impide reconocer que, en estas décadas de renovación apostólica, también pudimos cometer errores. En la pasión por la justicia del Reino y la transformación de estructuras pudimos descuidar la compasión cercana. La inserción en el mundo de los pobres no eliminó el riesgo de paternalismos u otras formas aparentes de justicia. Hemos visto que en la urgencia de las luchas cotidianas podemos descuidar nuestra referencia permanente al Señor. No todo ha sido ganancia y alegría y, ya en la joven madurez del decreto cuarto, podemos reconocerlo con serenidad.

En todas las Provincias de América Latina se cuentan historias apasionadas de “aquellos años”: de las nuevas iniciativas en la formación, de presencias arriesgadas en nuevos territorios de misión, de situaciones de denuncia profética –que nuestros mártires nos recuerdan–, de modos novedosos de ejercicio del ministerio. Las primeras décadas fueron tiempos intensos de cambio que requirieron de un gran dinamismo espiritual y audacia apostólica. También fue tiempo de fuertes controversias, de conflictos entre hermanos.

Hoy parece que ha concluido ese tiempo de pasiones desbordadas e iniciativas arriesgadas. Hoy consolidamos lo existente, atendiendo sobre todo la amplitud, profundidad y sostenibilidad de las iniciativas de misión, antes que plantear nuevas audacias. Aún más en estos tiempos de restructuración apostólica en que los jesuitas somos cada vez menos. El espíritu de madurez –los 40 años de camino– han hecho por otro lado posible que el binomio Fe-Justicia sea lugar de reflexión serena en toda la Compañía y en todo sector apostólico. “El servicio de la fe del que la promoción de la justicia es una exigencia absoluta” es una institución ya incuestionable en todo lo que hacemos: en nuestros colegios, parroquias, la pastoral con jóvenes, las universidades, etc. En todas nuestras obras hay iniciativas inspiradas por la letra y el espíritu del decreto cuarto. Todo ello nos permite convocar a muchos otros en la transformación del mundo.

En este tiempo de madurez puede aparecer, sin embargo, un nuevo riesgo: el de convertir lo conseguido en un nuevo orden, que se aprende y comunica, pero que no necesariamente compromete el sentir profundo del discípulo. El binomio Fe-Justicia no tiene futuro sin pasión por la vida y amistad –compasión– con los pobres de Jesucristo, sin capacidad de indignación y denuncia de lo injusto, sin audacia para pensar la esperanza. La (com)pasión, indignación y audacia –formas del celo que nos devora por la casa del Padre– no son dimensiones accesorias o transitorias de este binomio, sino parte del dinamismo evangélico que le originó y le dio vida hasta hoy. Por eso el decreto la define como “una opción que llevamos en el corazón”.

El encuentro entre la Fe y la Justicia no es sólo una formulación programática que orienta modos de trabajo o reflexión, sino sobre todo una verdad vital –una opción del corazón– que se experimenta y se hace revelación en la oración. El encuentro entre la Fe y la Justicia se da en la vida o no se da –por eso cada reformulación de nuestra misión, en clave de Fe y Justicia, precisa mencionar situaciones nuevas que desafían el presente–. Es de la experiencia –de injusticia que lacera el alma, de amistad y compasión con quien sufre, de situaciones imposibles de transformación del mundo– que brota el dinamismo del decreto.

El decreto no puede dejar de comprometer el sentir profundo porque nos coloca en un lugar que, inevitable y lamentablemente, es lugar de conflicto y controversia. El encuentro entre la Fe y la Justicia nos coloca ante la crítica a “estructuras injustas no tolerables”. Esta crítica requiere siempre lucidez, reflexión profunda y permanente sentido autocrítico; sin embargo sobre todo requiere para ser evangélica partir de la vida de las personas, sin descuidar el amor, estando dispuestos al perdón; y manteniendo viva la capacidad de indignación para denunciar y hacer frente a situaciones “no tolerables” de maltrato a las personas.

En relación con nuestra vida como jesuitas el decreto recuerda que la conversión es permanente. Esta misión supone virtud y adhesión personal porque es una opción que llevar en el corazón. Un peligro de la “institucionalización” del decreto es creer que ya estamos en él y descuidar la revisión de nuestra propia manera de vivir y proceder –de nuestra cercanía con los más pobres, de la indignación ante el sufrimiento, de la audacia para ofrecer alternativas con nuestra propia vida–.

En esta conversión permanente el diálogo y debate entre nosotros –y con otros– es fundamental. En la búsqueda de la justicia del Reino la diferencia es parte del camino y nos ayuda a avanzar, las perspectivas son múltiples y es por tanto posible la controversia. La diferencia no tiene que significar enfrentamiento o distancia –decía Alberto Flores Galindo, gran pensador peruano, que discrepar es una manera de aproximarnos–. El debate apasionado nos ayuda a mantener el espíritu del binomio Fe-Justicia vivo entre nosotros. El fin de los debates con frecuencia expresa el dominio –silencioso– de una visión sobre otras. El consenso permanente puede dar la apariencia que no hay nada más que hablar.

El debilitamiento del “sector social” ante el fortalecimiento del binomio Fe-Justicia como “dimensión” presente en todos nuestros ministerios, es otro desafío de estos tiempos. Los provinciales experimentamos permanentemente esta tensión. Las presencias testimoniales y las acciones directas en fronteras de justicia no son fáciles de sostener ante los requerimientos de instituciones tradicionales de gran alcance, que además incorporan la dimensión social como parte de ellas. Sin embargo, necesitamos mantener las presencias y obras del “sector” aunque no parezcan tener éxito, aunque no sean muchos los que puedan ir a ellas, aunque los recursos sean escasos y nos parezcan arriesgadas sus propuestas o apasionadas sus exigencias a la sociedad, la Iglesia y la Compañía misma; las necesitamos porque ellas expresan con evidencia cotidiana la pasión, indignación y audacia que habita toda nuestra misión y la enriquecen. La “dimensión” sin el “sector” puede ir perdiendo poco a poco dinamismo interno y credibilidad para otros.

La formación de los jóvenes jesuitas en el espíritu del decreto es otro desafío para hoy. Los jóvenes ingresan a una Compañía de Jesús en la que el decreto no es ya novedad ni contracultura. Los jóvenes jesuitas, formados en el espíritu crítico de la filosofía y las humanidades, se plantearán preguntas al respecto y deberán encontrar modos propios de dar cuenta de un vínculo –Fe y Justicia– que para los mayores parece tan evidente e incuestionable. Estos nuevos jesuitas, formados como sujetos autónomos en el espíritu de los Ejercicios Espirituales, necesitarán refundar en sí mismos la experiencia espiritual de la que brotó cada frase del decreto cuarto. Los jóvenes jesuitas, formados en reconocer los signos del Reino en la vida –para anunciar el Evangelio a mundos diversos–, beberán de la fuerza testimonial de nuestra vivencia del binomio Fe-Justicia. Si este se hace discurso cerrado en sí mismo, es posible que genere reacciones adversas o, peor aún, indiferencia, suspensión de la interrogación y por tanto de referencia real con su vida.

Hoy, 40 años después, tenemos que seguir redescubriendo el encuentro entre la Fe y la Justicia, con sus nuevas formas y exigencias, desde el corazón de nuestra experiencia. Ello precisa que nos mantengamos amigos cercanos de los pobres; que mantengamos una palabra de interrogación e indignación ante situaciones de sufrimiento injusto; que arriesguemos propuestas audaces que generen esperanza. También precisa mantener el diálogo, sin temer la diferencia, entre nosotros; dejar que los jóvenes reciban la revelación de este binomio evangélico, exponiéndose ellos mismos en las fronteras de la injusticia; y aceptar que esta misión de Dios es siempre actual y puede tomar formas nuevas cada vez: nuevos lugares de misión, nuevos modos de servicio, nuevas modalidades institucionales.

P. Miguel Cruzado, SJ

Provincial del Perú

Puede consultar el texto completo del Decreto 4 de la Congreación General 32 siguiendo este enlace >>